«25. Al margen de lo bien que funcione, nunca construiré ningún tipo de maquinaria que sea completamente indestructible excepto por un pequeño punto vulnerable virtualmente inaccesible.» © 1996-1997 Peter Anspach, The Top 100 Things I'd Do if I Ever Became An Evil Overlord.
Lo mejor que ofrece la literatura son los comienzos, esos momentos prometedores llenos de potencia y posibilidad, esas situaciones que plantean una crisis enganchante, disparan la adrenalina del lector y consiguen que se aísle completamente de su entorno. Debo haber escrito cerca de quinientos comienzos extraordinarios, en los que se atisba emoción, suspense, aventura y un viaje interior de los personajes que trasciende más allá de las páginas del libro y alcanza las cotas más remotas del alma humana.
Intentar desarrollar y acabar una historia es un acto de arrogancia y osada locura por parte de los escritores. ¿Cuántas veces no nos hemos dejado llevar por un comienzo estupendo para que luego todo se caiga a pedazos durante el desarrollo o (tiemblo sólo de pensarlo) justo al final? ¿No sería mucho mejor dejar de escribir cuando la historia empieza a entrar en barrena y así ahorrarle un sufrimiento innecesario al lector?
Yo me preocupo mucho por mis lectores, así que no suelo pasar de la página veinte. Sin embargo, a veces, sin que sirva de precedente, termino alguna historia.
Un pequeño relato dedicado a todos los estudiantes de arquitectura que alguna vez tuvieron un mal día durante una corrección de proyectos.
Un amigo me pidió que le pasara a limpio las notas que había tomado para crearse un personaje en un juego de rol cyberpunk. La cosa terminó siendo un mini-serial de cinco episodios que le fui enviando por correo electrónico a razón de uno por semana. Decir que el resultado es tonto sería elevar su categoría intelectual.