Germán Ponte Mateo 
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el pocero negro: cap. 5



La ciudad de Megápolis.

Una ciudad grande.

Una ciudad en la que un portaaviones pasaría inadvertido y un nuevo volcán no suscitaría una segunda mirada. Una ciudad en la que la Gran Muralla China sería un ornamento de jardín. Una ciudad en la que el epicentro de un terremoto de intensidad nueve (Richter) no llamaría la atención a dos manzanas de distancia. Una ciudad que necesita veinte pronósticos meteorológicos distintos y simultáneos. Una ciudad en la que la mitad de la población duerme mientras la otra mitad trabaja y en la que, de hecho, la marcha nocturna siempre sucede en alguna parte. Una ciudad en la que, de forma misteriosa e inexplicable, los días tienen efectivamente 27,4 horas [1].

Pero ¿cómo es Megápolis, en realidad? ¿Qué aspecto tiene? ¿Cuáles son las ideas y los pensamientos, las impresiones o las sensaciones del viajero que la contempla por vez primera? ¿Qué comentarios encontramos en las guías de viaje, cuáles son las reflexiones de los escritores, cómo son los versos de los poetas que en ella se inspiran?

La cita que mejor describe el espíritu de Megápolis, según votación popular, es la que apareció en Distorsiones, la célebre obra del gran sibarita Eugenesio:


¡Oh, Megápolis!

¡Oh, tristemente perdida!


Lo cual resulta vago, desconcertante, impreciso y parece que no venga a cuento de nada en particular. Los críticos de Eugenesio, sin embargo, mantienen una amarga discusión sobre el verdadero significado de estas palabras. Así, Malcolm y Lowry, afirman en un artículo de la revista literaria Palabras:


(...) nunca el verdadero ser intrínseco e inmanente ha encontrado mejor expresión con semejante ejercicio de brevedad. La evocadora imagen de Megápolis, perdida dentro de sí misma, refleja a todas luces el crecimiento de una urbe que ha abandonado su identidad - cualquiera que ésta fuese - mediante el sencillo acto de expandirse en todas direcciones. El todo, como suma de las partes, pierde consistencia al ser las partes tan variadas y diferenciadas. No hay un sólo elemento que pueda aspirar a definir, con toda justicia, el carácter unívoco de Megápolis; las palabras "diversidad" o "eclecticismo" quedan reducidas a un chiste absurdo, a un balbuceo inarticulado, dentro de la ciudad que ya no es capaz de encontrarse a si misma y en cuya esencia se esconde el secreto más contradictorio: carecer de esencia...


Mientras que Liebermann o Austin reflejaban así sus opiniones en el panfleto universitario subversivo Todo Apesta y Tu Jeta Más:


Eugenesio vuelve a ejercer de sí mismo, esto es: un payaso alcohólico, un bufón sin gracia, un viejo chocho e incoherente. No queremos desde este pedestal denostar los vicios del cuerpo o las manifestaciones que surgen desde el fondo de una botella, pero nos sorprende que el resultado insensato de una borrachera suscite tantos comentarios entre personas relativamente inteligentes y sensibles...


Lo cierto es que no hay una mirada que nos permita ver Megápolis en su totalidad o que nos aporte un orden subyacente al continuo contraste de este delirio urbano. El caos es absoluto. El tamaño, indescriptible.

Difícil, pues, imaginar que un hombre, de forma aislada, pueda llamar la atención de la ciudad o sus habitantes. Un presidente enloquecido que decidiese lanzar todo su arsenal nuclear contra Megápolis conseguiría acaso destruir unos cuantos barrios. Pero si no tiene nada nuevo que ofrecer al día siguiente, sería historia; nadie recordaría su nombre.

Este tipo de anonimato absoluto al margen de las acciones individuales puede sumir a muchas personas bien pensantes y bienintencionadas en la depresión. Sin embargo, este mismo ambiente hace las delicias de los criminales, incluso de aquellos más osados.

Howard Fox no tiene ninguna queja al respecto.

Por ejemplo, cuando un hombre apareció desnudo colgando boca abajo de la torre Ferintosh, atado, amordazado y con el mango de un desatascador asomando por su retaguardia, nadie hizo demasiadas preguntas. Una investigación rutinaria estableció que la identidad del agredido era Klaus Kruger, un antiguo oficial del Equipo de Técnicos de Aguas Residuales. Tampoco hubo mucho revuelo por la desaparición de una serie de individuos recientemente adinerados; la súbita aparición de exactamente el mismo número de individuos en el Asilo Giger Para Los Muy Afectados, un lugar donde todo el mundo gritaba que estaba cuerdo con idéntico e inútil resultado, no suscitó ninguna conjetura.

Es posible que los cinco empleados de Limpiezas Hawthorne que se encontraron con el edificio de la NAPAL Enterprises totalmente vacío y totalmente reluciente se mirasen extrañados, pero no por más de treinta segundos. Al fin y al cabo, el edificio estaba limpio y eso significaba el resto de la mañana libre. A los dos días, otra empresa, la Crimson Assurance Co., se instaló en el edificio y el nombre de NAPAL se desvaneció en la noche del olvido.

Y vale, no negaremos que cientos de personas vieron la pintada o, más exactamente, la limpiada que cubrió varias manzanas de Megápolis, en la que, gracias a un satélite meteorológico se pudo ver escrito el mensaje «la limpieza ha comenzado»; pero nadie le prestó mucha atención. Todos los días surgen nuevas campañas publicitarias de detergentes y uno no puede ir perdiendo el tiempo mirándolas todas. Poco a poco, el polvo, la grasa, el humo y los gases fueron cubriendo el mensaje que alguien se había esmerado en grabar con grandes trazos de limpieza en el lienzo de la mugre urbana, y a las dos horas no quedaba ni rastro de la hazaña.

Pero... ¿quién es ese hombre que sonríe suavemente como si escondiese un secreto? ¡Oh, no es más que Howard Fox, el tímido e inofensivo Técnico Calefactor! Es cierto, acaba de encontrar un trabajo de Instalador Ayudante en una gran corporación de fontanería, pero es un trabajo mal pagado y de escasa significación social. ¿Por qué se ríe, pues? Resulta claro que debe ser un retrasado, un simple - o acaso un soñador, que lo mismo da. Una persona triste y diminuta en la gran ciudad, un don nadie, un cero a la izquierda, un vacío perfecto.

¡Tomadle el pelo! ¡Abusad de su confianza! Howard es un petimetre que jamás contesta y nunca devuelve el golpe. Sólo sonríe. Le pegas un pescozón en la nuca y ahí aparece su maldita y estúpida sonrisa. El bueno de Howard. Nadie sabe dónde vive o qué aficiones tiene. Cuando termina el turno, desaparece caminando entre el gentío, un rostro anónimo más, hombros encorvados, cabeza gacha, zancada corta e incierta. Hay quien dice que estuvo en las alcantarillas y enloqueció. En cualquier caso, ¿a quién le importa?

Pero por la noche, cada noche, en los suburbios más ignotos de la ciudad, una extraña conversación tiene lugar.

- ¡Mirad en ese baño!

- ¡Es un lavabo!

- ¡Es un inodoro!

- ¡No, es BLACK PLUMBER!

Surgido de las más extrañas cañerías del sistema de colectores de Megápolis, BLACK PLUMBER utiliza sus misteriosos poderes e ingenios desatascadores para luchar contra las fuerzas del mal y la injusticia, allá donde se encuentren.

¡Ta-ta-daaaaaaa...!


La limpieza ha comenzado.



[1] Por qué esto quiere decir que la ciudad es grande, nadie lo sabe, pero bien que presumen de ello. 27, 4 horas. Ahí es nada. Chúpate esa, paleto provinciano.

Copyright © 2005-08, Germán Ponte Mateo.