La ciudad de Megápolis.
Una ciudad grande.
Una ciudad tan grande que carece de Ayuntamiento.
Lo cual es bastante lógico si se piensa que cualquier ciudadano tiene acceso a un variado arsenal de explosivos y que se considera aceptable ejercer la libertad de expresión a través de los mismos. ¿Qué estamento público puede arriesgarse a asumir la responsabilidad de, por ejemplo, la limpieza de las calles, si el primer ciudadano pulcro que observe un papel fuera de lugar puede poner en órbita la Casa Consistorial sin gastarse apenas una décima parte del salario mínimo?
Por ello, la ciudad está en manos de Corporaciones Privadas que cumplen con las distintas funciones de construcción y mantenimiento, por no mencionar que sus operarios tienen mejor armamento y suelen estar mejor entrenados. No se trata tanto de mantener las calles limpias, sino de que nadie se anime a detectar la suciedad. Un comentario fuera de lugar puede encontrarse con un puñado de Sauer-Seltzers explosivas en toda la cara. Al fin y al cabo, se pretende fomentar el espíritu de virtud cívica: «No plantee quejas: Ofrezca soluciones».
Los problemas surgen cuando dos corporaciones encuentran un conflicto de intereses; digamos que la Maklin Beton Ltd. Las Calles de Hoy con el Asfalto del Mañana, se dispone a repavimentar una calle donde la Trepple Nuclearis Co., El Confort de Hoy con las Energías del Mañana, acaba de empezar una obra de sustitución de tubos de gas. Es probable que, tras un par de días, la calle en cuestión junto con cuarenta manzanas a la redonda necesiten diez mil años de disipación radioactiva antes de poder ser transitadas.
Gracias a una carrera por ofrecer mejores servicios, las Corporaciones Privadas no reparan en gastos y personal para perfeccionar sus tecnologías. Inmersas en un clima de sana competitividad, es común encontrarse con fuga de cerebros, espionaje industrial, OPAs hostiles, grupos de asalto mercenarios y alguna que otra ofensiva militar a gran escala. Pero en algunos casos las Corporaciones deciden mostrarse poco escrupulosas y recurren al uso de contables, abogados, asesores fiscales y salarios dignos [1], lo cual a todas luces se trata un pésimo ejemplo que el resto de empresas persigue sin piedad
Un analista entusiasta y poco documentado podría pensar que, dadas las circunstancias, el negocio está en las empresas de armamento, por causa de la enorme demanda de sus productos. Este, sin embargo, no es el caso. Resulta evidente que la única manera que tiene una floreciente fábrica de misiles de ganarse la confianza de sus clientes y demostrar que sus productos son los mejores del mercado pasa ineludiblemente por la destrucción total de sus competidores. Éstos, por otro lado, no suelen tener la delicadeza de permanecer pasivos. Las Corporaciones que se dedican al desarrollo de tecnología bélica sufren, por tanto, la presión añadida de que el cielo caiga en cualquier momento sobre sus cabezas, lo cual genera un clima laboral algo tenso.
Examinemos por ejemplo el caso de la NAPAL Enterprises [2], cuya política de incentivos de personal marcó un hito en los anales de la organización empresarial. Un nuevo prototipo es desarrollado por tres equipos de forma simultánea, todos ellos trabajando en el mismo recinto. El primer equipo en terminar debe efectuar las primeras pruebas sobre los miembros de los otros equipos. Se establece así un sistema de selección natural de enorme efectividad, en el que los menos aptos dan con sus huesos (o lo que quede de ellos) en las alcantarillas de Megápolis.
Estas personas no siempre padecen un estado d.M.D. (de Mortandad Definitiva) cuando son arrojadas a los colectores, pero es bien conocido el hecho de que la Red Global de Saneamiento se muestra ineludiblemente egoísta y no devuelve nada de nada. Aquellos que no tienen la suerte de caer en una corriente de ácido disolvente suelen desperdigarse a los pocos minutos entre millones de estómagos hambrientos. Si alguien tiene mala suerte puede que dure dos horas, dos horas de terror cerval, de oscuridad y ruidos desconocidos, de olores fulminantes y contacto con viscosidades de otro mundo. Si alguien tiene verdaderamente mala suerte, puede que sobreviva.
Es el caso de Angus «Cisterna» Zimmermann [3], Doctor en Física Aplicada por la Universidad de Magnum. Tras cinco años de rapidez ejemplar en el diseño de prototipos para la NAPAL, fue el afortunado conejo de indias de una descarga del novísimo RAFOT (RAdiación FOTosensibilizante), que disolvió toda su vellosidad y convirtió su piel en una membrana unicelular incapaz de soportar la luz blanca sin segregar ácido sulfúrico. Con el cuerpo abrasado y la mente delirante, se encontró de repente sumergido en un plácido mundo de humedad y oscuridad total, flotando por el colector 23-K «Belvedere» hacia los sistemas de trituración de basuras.
Tuvo la dudosa fortuna de no resultar un bocado apetecible dado su estado tóxico [4] y que el triturador estuviese fuera de servicio. En los filtros se había acumulado gran cantidad de material aparentemente inútil que un físico de la categoría de Zimmermann supo aprovechar para construirse una linterna de luz roja, un detector de movimiento y una pistola rudimentaria que lanzaba cáscaras de plátano a un décimo de la velocidad de la luz. Al cabo de una semana se había construido un refugio en uno de los pozos de registro condenados. Gracias a su ingenio y conocimientos logró hacerse un pequeño nido de confort. Unas redes improvisadas colocadas en algunos de los colectores principales más cercanos a su refugio lo abastecían regularmente con material, hasta que tuvo en funcionamiento un laboratorio bastante aceptable donde poder continuar las actividades exigidas por su inquieta mente científica. Ocasionalmente tenía que defenderse de ataques organizados de las ratas y las cucarachas, hasta que decidió encontrar un punto de equilibrio que le evitara distracciones. Para ello, colocó trampas y capturó ejemplares de ambos bandos, con los que intentó negociar un pacto de no agresión. Las condiciones de las ratas le resultaron más razonables: a cambio de armamento y otros ingenios, los roedores garantizaban la seguridad de la zona e incluso le llevaban comida de vez en cuando.
Dos años más tarde llegó Howard Fox.
*
Ambos hombres congeniaron aceptablemente; compartían, por un lado, un cierto desencanto con el mundo de la superficie y, por otro, el amor por el trabajo bien hecho, todo ello regado por unos sentimientos de venganza que, si bien nunca surgieron de forma explícita en sus conversaciones, subyacían en cada comentario, dotando a las frases de ese particular veneno que es la sal de la vida entre los descastados. El trabajo de Zimmermann comenzó a enfocarse distraídamente hacia cierto tipo de aparatos y equipo que, casualmente, respondían a las necesidades no formuladas de Howard. Así, por ejemplo, llegaba un día el doctor con un rollo de cable y decía:
- Observa, Howard. He ideado este cable trenzado con una aleación mejorada de titanio y adamantium, de tal guisa que resulta prácticamente indestructible. Podría soportar tres hembras de elefante embarazadas portando un piano de cola cada una.
O:
- Oye, acabo de diseñar este lanzallamas de muñeca con capacidad para cien llamaradas. Su alcance puede variar de tres a cincuenta metros gracias a este regulador, y su intensidad va desde una llama de mechero a un infierno concentrado capaz de cocinar un edificio de veinte plantas en tres segundos.
A lo que Howard respondía:
- Seguro que con leves modificaciones se podría utilizar el mismo diseño para un lanzador de líquidos.
- ¡Mmmmhh! Interesante. ¿Tienes algo concreto en la cabeza, hipotéticamente hablando?
- Siempre dentro del mundo de la especulación, se me ocurre, a voz de pronto, una solución ultrarresbaladiza, o un ácido megacorrosivo, una suerte de desatascador definitivo.
Y a los tres días, el lanzador modificado aparecía sobre la mesa, quizá al lado de unas extrañas gafas.
- Interesante diseño - comenta Howard - ¿Para qué sirven?
- ¡Oh, un mero juguete! Son gafas que permiten la visión en los medios en los que, tradicionalmente, los ojos resultan dos apéndices inútiles: oscuridad total, aguas turbias, nieblas espesas, etc.
- ¡Ah, entiendo! Parecen resistentes.
- No particularmente. Soportarían la temperatura de fusión del acero y doscientas atmósferas de presión... nada del otro mundo, ciertamente.
Tras dos semanas de trabajo en el laboratorio, podía aparecer el doctor Zimmermann con una mascarilla en la mano:
- Howard, muchacho, pruébate este respirador, a ver si resulta cómodo.
- Ni siquiera lo siento sobre la piel. ¿Un implemento de buceo?
- Bueno, con una autonomía de dos horas. Adicionalmente filtra todo tipo de gases, especialmente los de los sistemas de seguridad más extendidos.
- Parece práctico.
*
Al cabo de dos meses, Howard acabó vistiendo un traje aislante de Keblar (bueno contra las balas, con la posibilidad de rezumar un compuesto que reducía el rozamiento a cero), el cable irrompible (junto con una pequeña pistola que lo lanzaba a prodigiosas alturas), las gafas, el respirador, el lanzallamas en una muñeca, el lanzalíquidos en otra, unas ventosas de manos y pies para la adhesión sobre cualquier superficie en cualquier ángulo, y un fusil de diseño propio que, siguiendo un capricho sentimental de Howard, disparaba desatascadores de tres tipos: explosivos con temporizador, super-ventosas pertinaces, y aturdidores (diseñados para acoplarse al rostro humano y soltar una pequeña dosis de gas soporífero). Howard tuvo que indicarle al doctor que un hombre era incapaz de cargar con más artefactos si deseaba gozar de privilegios como el movimiento. El doctor le sugirió que fuera a darse una vuelta por ahí para comprobar la eficacia del equipo. Howard se marchó silbando a través de los colectores.
Descubrió con agrado que las gafas diferenciaban los cuerpos calientes de los fríos y que marcaban con un icono parpadeante los objetos móviles. Las ventosas, sin embargo, emitían un molesto schlop-schlop cada vez que se despegaban de una superficie, detalle que apuntó mentalmente para comentarlo con Zimmermann. El lanzallamas le dio un par de sustos hasta que se hizo con los reguladores de potencia y distancia; respecto a la compuerta totalmente fundida poco se podía hacer, empero.
Howard se zambulló en un pozo de aspecto siniestro y humeante. La mascarilla se tornó levemente verdosa, indicando ácido en el entorno, aunque lo único que Howard percibió fue un agradable olor a lavanda. El traje parecía protegerlo a la perfección, pero tenía que probar el alcance de sus propiedades, así que dio unos manotazos y patadas en el agua, chapoteando como un niño, y gritó un poco, como si estuviese asustado. No tardaron en llegar dos caimanes mutantes de tamaño medio que rápidamente le echaron el tentáculo a Howard. Sin embargo, la sustancia antiadherente había convertido al hombre en una especie de escurridiza pastilla de jabón. Howard se apiadó de las indignadas criaturas y les disparó un par de desatascadres explosivos que las sacaron de su desconcierto. Al hacerlo pudo comprobar que el fusil se desviaba un poco hacia la izquierda. Otro detalle para Zimmermann.
El ácido de su muñeca no tuvo problemas en atravesar la piedra maciza del suelo y agujerear tres niveles antes de perder fuerza. El compuesto resbaladizo tuvo entretenidas durante media hora a un grupo de ratas, que parecían un grupo de novatos en una pista de patinaje. Los desatascadores ventosa demostraron ser capaces de soportar el peso de Howard sin apenas doblarse.
Satisfecho con sus experimentos, Howard regresó al laboratorio. Había dos cosas que no había probado, pero eso hubiera requerido un viaje por la superficie.
Y todavía no era el momento.
Pero pronto lo sería.
Muy pronto [5].
[1] Esto genera la indignación de los Sindicatos, que prefieren apropiarse de las nóminas mediante operaciones nocturnas de guerra de guerrillas. Como suele decirse, «Un sueldo no es tal sin bajas civiles».
[2] «Las Masacres de Hoy con las Armas del Mañana.»
[3] El origen del mote del Dr. Zimmermann es incierto y el propio doctor parece reticente a elaborar sobre ello, pero por retazos de información obtenidos a lo largo de muchas charlas y algunas cartas de juventud, se puede afirmar que el apelativo «Cisterna» proviene de una noche en la que se vieron involucradas dos botellas de whisky, cinco chicas, un martillo hidráulico, un caniche y una apuesta con un tal Nelson «Cerveza» Johnson del que no se ha vuelto a saber nada.
[4] El noventa por ciento de las criaturas que habitan as alcantarillas de Megápolis se muestra fastidiosa a la hora de zamparse un cuerpo luminiscente. El diez por ciento restante son cuerpos luminiscentes.
[5] ¡Mbua-ja-ja-ja-ja-ja-juá-juá-ja...!