Germán Ponte Mateo 
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el pocero negro: cap. 3



La ciudad de Megápolis.

Una ciudad grande.

Supongamos que un turista diligente y puntilloso en extremo decidiera recorrer todas y cada una de las calles de Megápolis a pie. Teniendo en cuenta que un hombre camina aproximadamente a 6 km/h y teniendo en cuenta que necesita un descanso medio de 8 horas al día, obtenemos que es capaz de recorrer (siempre que se alimente mientras camina) 96 km al día. Esto implica 35.040 km al año en el mejor de los casos. Si dejamos que camine durante treinta años, nos sale una previsión, siempre optimista, de 1,051.200 km recorridos. Lo cual no es ni una tercera parte del trazado viario de Megápolis. Suponiendo, pues, que existiera un hombre semejante [1], necesitaríamos tres generaciones de caminantes incansables para poder dar la misión por cumplida.

Lo cual, evidentemente, no se aplica a las alcantarillas de Megápolis.

Se dice que no existen planos completos de la Red de Alcantarillado, lo cual es rigurosamente cierto. Un connotado geómetra especuló en una ocasión que si se juntaban todos los planos parciales del alcantarillado en el momento en el que se excavó, junto con los planos de ampliación y reforma posteriores, sería posible, en teoría, hacer una reconstrucción total del trazado exacto de la Red Global de Saneamiento [2]. El entonces Director General de Aguas Residuales le contestó que si era capaz de encontrar los planos que mencionaba, primero necesitaría un almacén de cuarenta plantas para guardarlos. La cuestión se zanjó con un amistoso encogimiento de hombros por ambas partes y una frase que pasó al acerbo de dichos populares: «Sólo las ratas conocen lo que se cuece Ahí Abajo». Nadie se molestó en preguntarle su opinión a las ratas.

Pero si alguien se hubiese molestado en preguntarle su opinión a las ratas (y suponiendo que éstas no le hubiesen llegado a la garganta antes de que terminara de formular su pregunta), hubiera descubierto un fascinante mundo de misticismo y vaguedades, aunque muy poca información concreta; lo cual no sucedería si se le preguntase a las cucarachas, mucho más pragmáticas y organizadas, ya que disponen de una memoria colectiva bastante precisa sobre cada túnel, colector, resquicio y recoveco, junto con un censo perfectamente actualizado de cada individuo y su ubicación exacta a todas horas.

Para una rata el espacio es una abstracción inexistente, carente de toda base, puesto que todo el mundo sabe que está donde está. El desplazamiento produce una distorsión perceptiva totalmente subjetiva en la que el entorno de la rata parece cambiar, lo cual es estúpido ya que la rata sigue estando donde está, y aún hoy continúa siendo motivo de especulación por qué desplazamientos similares producen distorsiones similares y predecibles. Por qué las distorsiones resultan similares para individuos diferentes es tema de discusión teológica de alto nivel.

Este tipo de pensamiento produce una total despreocupación e indiferencia a la rata sobre su entorno geográfico, salvo que tenga fuertes convicciones religiosas.

Un hombre ignorante, por otro lado, podría mostrarse aterrorizado al saberse perdido en un lugar ignoto y profundo de las alcantarillas. No así un hombre pragmático, cuya preocupación dentro de la Red Global de Saneamiento de Megápolis no debiera ser dónde está, sino cuanto tiempo va a seguir con el cuerpo intacto. Cada segundo de integridad física debe festejarse con la mayor de las euforias.

Quizá por ello Howard Fox debiera estar dando saltos y gritos de alegría, pero en realidad se encontraba presa de un humor taciturno e irritable. Es probable que el hecho de hallarse en un pozo sellado con el nivel de agua cada vez más alto y actualmente a la altura de su cuello ayude a explicarlo. Pero todavía tenía oxígeno y conservaba todos sus apéndices; la verdad es que hay gente que se queja por cualquier cosa.

Es más: Howard Fox contaba con la promesa de una rata de que la ayuda estaba en camino. Pero...¿quién se fía de una rata? Howard Fox no, ciertamente. Su relación con esos roedores hasta la fecha se había hecho a través del cañón de su Metzer [3], lo cual se consideraba buen protocolo diplomático en las alcantarillas... De seguro que las ratas estarían dispuestas a tratarle con la misma delicadeza.

Sin embargo, la rata fue fiel a su palabra. Junto con un grupo de veinte colaboradoes, consiguieron alcanzar y roer los cables que mantenían sellada la puerta anti-inundaciones, y Howard pudo salir de su prisión acuática.

- Gracias - dijo, con reticencia.

- Favor por favor, amigo mío - contestó la rata - Pero todavía no he cumplido la totalidad de mis responsabilidades adquiridas. Os prometí salvoconducto hasta una salida de vuestra elección.

Howard consideró sus opciones.

- No se me ha perdido nada en la superficie. Mi trabajo apestaba y mis "amigos" resultaron avariciosos y egoístas.

- ¿No deseáis subir a la superficie?

- No sé qué hacer.

- Esto limita considerablemente las opciones. - la rata pareció meditar un momento. Otra rata del grupo profirió unos aullidos entrecortados - ¿Mmhh? Sí, no es mala idea.

- ¿Qué ha dicho?

- Hay un lugar al que os puedo llevar, donde estaréis razonablemente seguro y gozaréis de una mínima compañía y comodidad. Es un lugar donde podréis reflexionar sin interrupciones sobre el futuro desarrollo de los acontecimientos. ¿Qué me decís?

- ¿Aquí abajo? ¿"Razonablemente seguro"?

- Parecéis un hombre de recursos e inteligencia. Manteniendo las precauciones elementales no sería descabellado pensar que tenéis bastantes probabilidades de supervivencia.

Howard aceptó. No tenía otras ideas.


                                                                      *


El viaje duró unas horas, de subidas, chapuzones, bajadas y resbalones. Las ratas guiaron a Howard con paciencia a través de los colectores, conscientes de que la ausencia total de luz constituía un impedimento para el Lampiño [4]. Llegados a cierto punto, la rata líder detuvo al grupo e informó a Howard:

- Nuestros caminos se separan en este punto. No tenéis más que seguir el colector de la derecha y dirigiros hacia la luz. Ha sido un verdadero placer y una suerte para ambos que nuestros destinos decidieran cruzarse.

- Debo pedir disculpas. Pensaba que me dejarías tirado o que recuperarías mi cuerpo para la cena.

- Otra rata pudiera haberse comportado de ese modo - confirmó el roedor - Pero yo tengo un elevado sentido de la responsabilidad. Exigencias del cargo.

- ¿Cargo? ¡Ah, eres líder de este grupo de ratas!

- Sí, bueno, de este y de otros cuantos. Y ahora, debo regresar al hogar, donde ciertos miembros de la comunidad se las prometen muy felices pensando que he perecido ahogado. Debo acudir para sacarlos de su error y evitar posteriores malentendidos.

- ¿Nos volveremos a ver?

- No es imposible, pero sí improbable. De todas formas, si os encontráis con un grupo de ratas grises y os da tiempo a articular palabra, intentad este sonido - la rata profirió dos chillidos entrecortados. Howard trató de imitarla, lo que pareció provocar la hilaridad del grupo de ratas - Eh, probad a acentuar un poco más el *chillido* y alargar el *chillido exactamente igual*.

Tras unos esfuerzos, las ratas parecieron satisfechas.

- ¿Qué estoy diciendo? - preguntó Howard.

- Mi nombre - contestó la rata mientras se alejaba con su grupo - Algunos humanos se han encaprichado en llamarme Magwich. ¡Adiós!

- ¡Sí, claro! - exclamó Howard con una carcajada - ¡Y a mí Caperucita!


                                                                      *


Para el lector poco familiarizado con el folklore subterráneo será difícil comprender la reacción de Howard Fox. Cuando los Halcones terminan su jornada laboral y se reúnen alrededor de una cena caliente, con unas horas de guardia nocturna por delante, comienzan a circular historias no muy diferentes a aquellas que se narran alrededor del fuego en una acampada. Son historias llenas de sombras acechantes, rumores sin confirmar, desapariciones jamás explicadas y una mezcla indiscriminada de realidad y ficción, cuya intención inequívoca es poner los pelos de punta y llenar los corazones de inquietud [5].

Gran número de estas historias versa sobre las ratas y las cucarachas, o sobre el Kraken, o sobre el Desatascador Descabezado. En múltiples de ellas aparece Magwich, el Rey de Las Ratas Grises, como un roedor de monstruoso aspecto, alto como un hombre, cruel, astuto, despiadado y siempre hambriento. Se dice que Magwich tiene tres cabezas que responden a diferentes nombres: en el centro se alza Lor, la cabeza pensante, ciega y sin boca; a su derecha, Nimbe, la cabeza que habla y donde se ubican los agudos sentidos, unos ojos capaz de ver en la oscuridad, unas enormes orejas que escuchan cada murmullo del alcantarillado, una prodigiosa nariz a la que se atribuye no sólo un olfato finísimo sino una gran sensibilidad para detectar sutiles cambios de temperatura; finalmente, a la izquierda de Lor, Trekk, con sus poderosas fauces insaciables, donde se asientan tres filas de colmillos capaces de devorar los metales más resistentes.

Las historias atribuyen a Magwich el poder de viajar invisible en las sombras; una frase popular entre los Halcones sitúa a Magwich siempre a tus espaldas. Uno de sus supuestos trucos favoritos es acercarse inadvertido y susurrar una pregunta de improviso en el oído. Aquel que sea capaz de mantener una conversación con el Rey de las Ratas Grises sin volverse en una sola ocasión, no sólo conservará la vida, sino que podrá formular un deseo, pero ¡ay de aquel que se sobresalte o apenas gire la cabeza!, pues se encontrará súbitamente sujetando sus propias vísceras en la mano, antes de ser devorado por Trekk de un terrible bocado.

Es por ello que la reacción inicial de Howard fuera de incredulidad. Sin embargo, tras diez minutos de avance a través del túnel indicado por la rata, algunas ideas comenzaron a abrirse paso hasta su cerebro confuso. Si las ratas tienen de hecho un rey, ¿no es lógico suponer que éste tenga el aspecto de una rata normal y corriente? Por otro lado, la rata hablaba con un vocabulario y una fluidez asombrosas. ¿Y acaso las otras ratas no habían corrido para ejecutar la más leve de sus indicaciones?

No, no. La rata era claramente un líder de algún tipo, pero le había tomado el pelo.

¿O no?



[1] Ese hombre existió y se llamaba Horace Buckmaster, el cual consiguió una entrada en el Guinness de los Récords bajo el epígrafe «Mayor despropósito jamás realizado», todo un lujo en un libro especializado en despropósitos. Hombre organizado, Buckmaster fue elaborando un minucioso plano con su recorrido a medida que avanzaba, con intención de ser metódico y no repetir dos veces la misma calle. Gracias a ello, su plano fue el primer documento realmente fidedigno sobre el trazado de Megápolis y sus copias se vendieron como rosquillas. Su hijo, Maurice Buckmaster, fundó la Compañía Cartográfica y Callejera Buckmaster, que sigue ofreciendo, hoy en día, los planos más detallados y actualizados de la ciudad.

[2] Lo cual le valió una visita de Guinness, para saber si tenía intención de competir por el récord de Horace Buckmaster.

[3] Metzer: Arma de corto alcance, híbrido de lanzallamas y lanzagranadas, programable para disparar automáticamente al detectar movimiento. Contrario a la información otorgada por algunos bromistas, no es una buena idea estornudar cerca de un Metzer.

[4] Lampiño: designación educada que tienen las ratas para designar a los seres humanos, en contraposición a otras como «CachoCarne», «Filetes», «Cegatones» o «Abgriiik-liiig», término intraducible que denota gran tamaño, torpeza extrema, presa fácil y divertida de cazar y un olor particular que estimula las glándulas salivares de los roedores.

[5] Normalmente justo antes de realizar una novatada sobre algún recién incorporado. Como si el trabajo no fuese lo suficientemente desagradable.

Copyright © 2005-08, Germán Ponte Mateo.