Germán Ponte Mateo 
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el pocero negro: cap. 2



La ciudad de Megápolis.

Una ciudad grande.

Grande por lo menos para el tamaño medio de las ciudades. Pongamos por caso que el Instituto de Estadística realiza un muestreo representativo entre todas las ciudades del mundo y calcula la media de la superficie ocupada, la media del número de habitantes y la media de farolas de diseño retro que existen. Si comparamos los datos obtenidos con los valores específicos de Megápolis, nos encontraremos con una diferencia similar a la que hay entre un sándwich de queso y un banquete galo, sobre todo en lo concerniente a farolas de diseño retro. Así pues, un Megapolita puede subirse al mirador en la azotea del edificio Cadwall, inhalar satisfecho y decir: «¡Tío, esta ciudad es grande de verdad!» [1].

Por consiguiente, no podremos evitar que los expertos estén de acuerdo en afirmar que la ciudad de Megápolis rompe cualquier fantasía de escala urbana sobre un plano. Es una ciudad tan grande que los callejeros dudan entre el uso de proyecciones de Mercator, Estereográficas de Gall o Regionales de Bartholomew. Todo ello bastante eficaz para resolver un problema geométrico de dos dimensiones sobre la curvatura planetaria.

Ahora bien, tomemos esta enorme superficie y añadámosle la tercera dimensión en cada punto. Y para que nuestra imaginación no sufra un cortocircuito instantáneo, seamos discretos y propongamos, de momento, cuarenta niveles a lo largo del eje z. Incorporemos ahora escaleras, conductos de comunicación vertical, rampas y algunas cabinas de teleportación. Añadamos cientos de canales que organizan el espacio en una trama en absoluto ortogonal, y dividamos lo que nos queda con miles de canales secundarios. Dejemos sitio para algunas estructuras de gran tamaño y otros tantos ensanchamientos que permitan el encuentro de varios canales. Y, finalmente, coloquemos puertas y compuertas de forma aleatoria o, cuando menos, intentando que no haya ningún tipo de esquema racional o coherente en aras de la eficacia o la comprensión del sistema.

Antes de que nuestra imaginación se vaya de vacaciones a un balneario, cojamos el imposible entramado anterior y enterrémoslo a diez metros por debajo de las calles de Megápolis.

Ya está. Ante los ojos de nuestra mente tenemos el Sistema de Alcantarillado de Megápolis. No es sencillamente grande. Es un lugar donde un grupo de galaxias temería perderse.

A este lugar viene muy poca gente, exceptuando a aquellos Incapacitados Vitales de los que alguien quiere deshacerse. Es un hecho bien conocido que cualquier cosa que tires al Sistema de Alcantarillado de Megápolis tiene menos posibilidades de aparecer que si lo hubieses tirado a un agujero negro [2]. Se requiere una mentalidad muy particular para pensar siquiera en asomarse a un colector y todas aquellas personas que, de hecho, tienen esa mentalidad, prefieren cualquiera de los servicios ofrecidos por la Cadwall Corporation.

Algunas personas, sin embargo, tienen que bajar a las alcantarillas. A diario. Algunos lo llaman supervivencia. Otros recurren a vocabulario más pintoresco (aunque, paradójicamente, nadie se siente con ánimos de utilizar la palabra «mierda»).

Howard Fox lo llama trabajo.

Pertenece a esa rara elite del mundo laboral conocida como Técnicos de Aguas Residuales, familiarmente «los Comemierda», aunque entre ellos gustan ponerse nombres más llamativos, como Desinfectators, Halcones del Colector o Centellas del Submundo. Se supone que eso te ayuda a contestar a las preguntas que todo ser humano se hace cuando suena el despertador; por algún extraño motivo, resulta más fácil abandonar la cama si piensas «Me voy de Caza» en lugar de «Me voy a comer mierda», por muy acertada que resulte la segunda descripción.

Los Halcones del Colector forman un grupo muy exclusivo que raras veces se relaciona con otras personas. Les gusta mostrarse reservados y hoscos, marcar claramente las fronteras y rechazar el contacto con cualquiera que no pertenezca al club. De este modo evitan siquiera la más remota posibilidad de que alguien comente sobre el olor. Los Halcones son muy susceptibles en este aspecto.

El trabajo consiste, fundamentalmente, en acudir a aquellos puntos donde el Sistema de Alcantarillado tiene un problema y solucionarlo. Esta vaga y extensiva descripción incluye desde una compuerta atascada hasta la caza de algún monstruo generoso en tentáculos que se instale sobre los filtros de depuración. A los Halcones se los anima a ser imaginativos y tienen carta blanca para usar los métodos que consideren oportunos. Hacen su trabajo como pueden e intentan mantenerse al margen de la guerra abierta entre las ratas y las cucarachas, operando como agentes neutrales que exterminan a unas y a otras con igual indiscriminación. No les gusta ser tildados de racistas. La regla Ahí Abajo es sencilla: si se mueve, extermínalo. Los indecisos no suelen regresar para contar sus historias.

Y así pasan los días. O así pasaban para Howard Fox hasta el Día del Incidente.


                                                                      *


El aviso se produjo a las 04:17 bajo el epígrafe de Avería Eléctrica en el sector 14/15 -2H, lo cual podía ser un cable pelado, una inundación o algún AOD (Agente Orgánico Deconocido). O sea, cualquier cosa, lo que implicaba apercibirse para todo tipo de imprevistos.

Howard no tenía que haber ido. Su turno había terminado y esa sección formaba parte de la jurisdicción del teniente Kruger. Pero tenía insomnio y algo de curiosidad. El sector 14/15 había mostrado una actividad inusual a lo largo de la última semana. Así que se puso la armadura completa y avisó por radio a Kruger de que iba en calidad de refuerzo, a pesar de las aseveraciones del teniente de que su presencia era innecesaria.

Howard dejó que el grupo de apoyo le abriera el camino con dos PDC-15H (Proyectiles de Destrucción Controlada - quince veces Hiroshima) y bajó al sector 14/15 con la inocencia de un mirlo buscando semillas en un campo de minas. Cuando llegó al lugar en cuestión se encontró con un PDP-2H (Proyectil de Destrucción Personal - dos veces Hiroshima) en toda la cara.

La armadura absorbió lo peor del impacto, pero le dejó los servos totalmente inutilizados. Una armadura sin servos es equivalente a dos toneladas de prisión metálica hecha a medida. A través del visor pudo ver a Kruger y a dos de sus Halcones que lo contemplaban con fastidio.

- Lo siento, Fox. - le dijo Kruger - Lugar equivocado, momento equivocado y bla, bla, bla. Te ahorraré la cháchara de villano triunfante.

- ¿Por qué «villano»? - preguntó Howard, todavía confuso -¿Qué sucede?

- Bueno, los ladrones entran en esa categoría. Lo que sucede es que vamos a abrir un precioso pozo desde el colector 2H hasta la cámara del Banco Central. Calculo unos quinientos millones de créditos por cabeza.

- ¡Hey, yo me apunto! - exclamó Howard, incapaz de imaginarse un sólo millón de créditos en el mismo chip.

- Sí, claro, tú y todos. El problema es que no queremos repartir entre más interesados.

Con estas palabras, Kruger lo desarmó, le quitó la batería de la armadura y entre todos lo lanzaron al colector principal de la sección. Howard flotó durante dos minutos sobre una corriente cada vez más veloz. Si su memoria no le fallaba, el colector conectaba con el pozo de Wellington, una caída de más de cincuenta metros hasta el SAVIP (Sistema de Albañales Verdaderamente Ignoto y Profundo), una zona de las alcantarillas donde ni siquiera las ratas se aventuraban sin escolta.


                                                                      *


Howard tuvo suerte. Bueno, no, tuvo mucha suerte. En realidad, la Dama Suerte le estornudó encima en ese momento, llenándole las circunstancias de espesas mucosidades suertudas. La caída terminó en una poderosa zambullida en uno de los albañales más profundos del sistema, donde cierta criatura innominable consideró que Howard era la respuesta a sus plegarias alimenticias. Esta criatura era:

  1. grande, pero no descomunal
  2. fea, pero no horripilante
  3. inteligente, pero no mucho
  4. eléctrica, pero de baja tensión

Con uno de los tentáculos rodeó la armadura en una tenaza supuestamente asfixiante y procedió a soltar una descarga amistosa con intención de paralizar a su víctima. La víctima, que ya estaba inmovilizada, se vio muy agradecida con esta inesperada descarga, que le devolvió algo de vida a la armadura, lo suficiente como para que Howard pudiera accionar los cierres de seguridad y salir a toda pastilla de su prisión metálica [3].

Bajo una óptica estadística, Howard debería haber sido capaz de sobrevivir entre dos y cuarenta minutos, con una curva distributiva más próxima a los dos que a los cuarenta (aun contando con su entrenamiento y conocimiento del mundo alcantarillesco). Pero la suerte se le había pegado como un chicle aceitoso.

En la total negrura de los niveles inferiores, Howard tuvo a bien darse de bruces con un pozo de comunicación vertical que, lamentablemente, bajaba, pero, afortunadamente, estaba iluminado. Esto le permitió comprobar dos hechos. Primero, que el acceso inferior estaba inundado y, segundo, que el nivel del agua parecía subir con enorme lentitud. Estaba por irse de este callejón sin salida, cuando una vocecilla atrajo su atención.

- ¡Ejem...!

- ¿Sí? - contestó Howard, intrigado. La voz provenía de abajo, pero no había nadie a la vista. Su experiencia había demostrado ineludiblemente que un encuentro en las alcantarillas era mortalmente pernicioso para la salud de uno de los desconocidos, pero su actual situación era tan desesperada que decidió descubrir de qué se trataba.

- Me preguntaba si, por ventura, tendríais a bien echarme una mano en lo que me atrevería a definir como un difícil trance.

- ¿Quién habla?

- Alguien que tiene un problema... ehm... acuciante. Quizá sea osado por mi parte presumir que vuestro particular predicamento no se encuentra entre los más confortables de vuestra existencia.

- ¿Y qué?

- ¡Oh, nada de particular! Se me había antojado la posibilidad de una mutua colaboración para salir de este recinto poco invitador... ¡gorgle, glubs!

Howard había descendido por la escalinata del pozo y se encontraba a dos metros del agua, pero todavía no localizaba el origen de la voz.

- ¿Hola? - preguntó - ¿Dónde estás?

- Hay una... aj, glob... particularidad que deberíamos solventar antes de proceder, con ánimo de despejar prejuicios poco útiles para la eficacia de nuestra empresa.

- ¿Cuál?

- Una minucia, una fruslería. Sin embargo, he conocido hombres impresionables que se dejan llevar por impulsos poco elaborados ante menores provocaciones, lo cual no parece, ciertamente, ser vuestro caso.

Howard seguía bajando, extremando las precauciones ante una posible trampa. Cuando estaba a punto de poner el pie en uno de los escalones, la voz lo detuvo.

- ¡Un momento! Detened vuestro avance, noble señor, o me causaréis gran perjuicio.

Howard miró entre sus piernas y pudo ver una diminuta garra que se aferraba a uno de los barrotes de la escalinata.

Una garra de rata.

- ¡Eres una rata! - exclamó Howard, al tiempo que subía a gran velocidad por la escalera, esperando ser acribillado en la retaguardia por balas Kreuter-Magson [4].

- ¡Sí, pero una rata inofensiva! Estoy atrapado en este pozo y me quedan escasos minutos antes de que el agua me cubra el hocico.

- ¡Mala suerte! - exclamó Howard desde arriba.

- ¡Vuestras posibilidades de supervivencia aumentarían considerablemente con mi ayuda!

- ¿Cómo, si no eres capaz de ayudarte a ti mismo?

- Un punto a favor de la lógica del momento. Pero consideremos un par de cuestiones. Vuestra visión en la oscuridad deja mucho que desear y yo estoy familiarizado con el trazado de esta zona del Gran Emmental. Por otro lado, en cuanto contactemos con cierto grupo de subd... de amigos, vuestra seguridad quedaría garantizada hasta cualquiera de las salidas al exterior...gorgl...

- ¡Ja! ¿Y quién me dice que no seré parte de la cena?

- Tenéis mi palabra.

- La palabra de una rata. Tendría mejores opciones si me cortase el cuello y me metiera una granada en el trasero.

- Tenéis...glob, arghs... poco que perder.

Howard sabía que la rata tenía algo de razón, pero no existía un gran folklore sobre el agradecimiento de los roedores por muy bien que hablasen [5]. Decidió jugar sus cartas en solitario, pero para su sorpresa la puerta superior se había atascado.

- ¡Maldición! -exclamó.

- ¿Algún problema?

- Nada que te importe.

- En estas circunstancias me atrevo a considerar que todo lo que aumente o disminuya las posibilidades de supervivencia me inquieta sobremanera.

No había nada que hacer. La puerta estaba totalmente sellada. Howard se dio cuenta de que el nivel creciente del agua había puesto en marcha el mecanismo de emergencia para aislar sectores inundados. Howard bajó hasta el agua y se sumergió con intención de examinar la salida inferior, pero al poco tiempo perdió totalmente la visibilidad.

- Maldición - profirió con su primera bocanada de aire. Se encontraba cara a cara con la rata sumergida, que ahora mantenía el hocico totalmente vertical en busca del aire. - Me temo que estamos acabados.

- Una...glob... apreciación precipitada. Mi oferta... gurgl... sigue en pie.

Con una carcajada desganada, Howard se sumergió de nuevo. Comprobó que la rata estaba atada a la escalinata mediante alambres enroscados. Tras un minuto de pequeño forcejeo, consiguió liberarla del todo.

- Ya está. Creo que tan sólo he retrasado tu final durante media hora.

- Quizá no. Hay un pequeño orificio en la parte superior de la escalera por el que creo que podré salir. Si fuerais tan amable de subirme hasta allí arriba, creo que tengo una pata rota...

- ¿Y eso en qué me ayuda a mi?

- Volveré con refuerzos

- Sí, claro, a recuperar un buen pedazo de carne.

- En otras circunstancias me ofendería, pero debo reconocer que las relaciones entre ratas y humanos hasta la fecha no contribuyen a generar un clima de confianza. Lo plantaré, nuevamente, de otro modo... ¿Qué tenéis que perder?

- Tengo una cierta reticencia a acabar en la panza de unas ratas, aunque esté ahogado.

- En algún momento del futuro cercano, el instinto de conservación os llevará a subir por la escalera. ¿Por qué no hacerlo ahora y apostar por la única esperanza que tenéis?

- La idea, sin duda, tiene gancho - reconoció Howard a regañadientes.



[1] Luego, por el módico precio de cinco créditos estándar, puede saltar al vacío y acabar con sus miserias (quince créditos si desea fotografías de la caída y cinco créditos extra si quiere la instantánea del impacto contra el suelo). La Cadwall Corporation, Los Suicidios de Hoy con la Tecnología del Mañana, ofrece múltiples servicios para aquellos interesados en la Incapacitación Vital, con un compromiso de calidad en esos últimos momentos que la ha llevado al número uno del mercado de la Auto-Incapacitación Definitiva: «Un fulgurante fogonazo de gloria o le devolvemos su dinero».

[2] Debido al desconocimiento de la física cuántica en los alrededores de un agujero negro, hay quien especula que cualquier cosa que tires dentro de uno podría aparecer en un universo paralelo, mientras que no hay universo paralelo en su sano juicio que se aproxime a las alcantarillas de Megápolis.

[3] Cabe mencionar al lector interesado que la criatura acabó por zamparse efectivamente la armadura, aunque sufrió una pequeña decepción: ese tipo de alimentos solían ser crujientes por fuera y cremosos por dentro.

[4] Las ratas de Megápolis controlan cinco empresas de armamento, aunque muestran debilidad por la munición de alta penetración y corto alcance, que deja relativamente intacto el cuerpo de las víctimas para un posterior festín.

[5] La selección natural en las alcantarillas de Megápolis ha tenido la delicadeza de dos tanques Sherman en colisión frontal, lo cual ha propiciado la aparición de especies Automutables en función de las necesidades del momento. Teniendo en cuenta la frecuente relación con los humanos, no es extraño encontrar seres parlantes o poliformes - de hecho, se han tenido más avistamientos de Elvis en las alcantarillas de Megápolis que en cualquier otro lugar del planeta.

Copyright © 2005-08, Germán Ponte Mateo.