Germán Ponte Mateo 
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el pocero negro: cap. 1



La ciudad de Megápolis.

Una ciudad grande.

De hecho, una ciudad tan grande que el sol sale a cinco horas diferentes, y no necesariamente consecutivas. Bueno, el sol saldría a cinco horas diferentes, aunque en realidad lo que hace es enviar furiosamente rayos de fotones para que se rompan la cabeza contra la capa sólida de monóxido de carbono que protege a Megápolis de agentes indeseables como el oxígeno.

La ciudad de Megápolis. Un lugar donde cuarenta millones de seres semovientes se levantan, desayunan, trabajan, comen y mueren (o sobreviven, si tienen la suerte de desenfundar primero). Un lugar donde cuarenta millones de seres nacen, se educan, se reproducen y, sobre todo, donde cuarenta millones de seres buscan dinero, mucho, a toda costa, ya.

Un lugar donde cuarenta millones de seres van al baño.

Cuando cuarenta millones de seres van al baño varias veces al día, se necesita algo más que un sistema de alcantarillado: se necesita otra ciudad cuya única función sea limpiar los desperdicios. Para máxima conveniencia, esta ciudad se coloca debajo de la primera y luego se reza para que no llueva demasiado.

Si la ciudad de arriba tiene un problema de circulación, la cosa se resuelve con claxons, unos cuantos guardias, un par de reporteros haciéndose los graciosos por la radio y tres mil homicidios por agresión. Pero si la ciudad de abajo tiene un problema de circulación, se empiezan a utilizar expresiones como «emergencia nacional» y los reporteros pierden de repente todas las ganas de hacerse los graciosos. Es difícil reírse cuando te estás ahogando en lo que comiste hace tres días.

La ciudad de arriba tiene cuarenta millones de seres semovientes, seres que ensanchan la definición de humanidad desde el Asesor Fiscal hasta el Champiñón Cibernético-parlante. En la ciudad de abajo tienes suerte cuando ves a las ratas o a las cucarachas: quiere decir que los caimanes no te han devorado todavía. Cuando son caimanes. A veces tienes incluso suerte de no ver qué es lo que te ha devorado. Hay cosas que ni siquiera un Champiñón Cibernético-parlante está preparado para contemplar. Lo cual no quiere decir que las ratas o las cucarachas resulten totalmente inofensivas... Son muchos los años de selección natural y mutaciones para poder levantarte un día más en busca del Trozo de Queso [1]. Se requiere astucia, rapidez, reflejos y armas automáticas. Cuando te encuentras con una rata en la ciudad de abajo es mejor que no se te encasquille el lanzallamas. Cuando te encuentras una rata en la ciudad de arriba, sabes que está desesperada y no se detendrá ni siquiera ante una ráfaga amistosa de munición explosiva.

Por ello, es mejor que en la ciudad de abajo no existan problemas de circulación.

Por ello, existen personas como Howard Fox.

Howard Fox nació en 1.972, cuando todavía podías confiar en que los médicos no secuestraran sistemáticamente a los recién nacidos para los Bancos de Órganos Privados (BOP). Unos padres con posibles todavía eran capaces de reunir las cantidades necesarias para los sobornos. Sobornos que también garantizaban que las madres recién paridas no tuvieran que ser vendidas como esclavas en los mundos exteriores y que los padres en las salas de espera no fueran forzados a firmar un seguro de vida a favor del hospital, con efecto inmediato. Podría decirse que Howard Fox nació en un mundo más benigno, más civilizado, a pesar de que ya se conociera la figura del Asesor Fiscal.

El padre de Howard, Nathan Fox, ejercía de maestro albañil para la Parallax Unlimited, La Familia de Hoy en el Hogar del Mañana. El «hogar del mañana» consistía (con clarividente acierto) en unos nichos prefabricados de alta tecnología donde podían estrujarse tres personas en posición horizontal y contar con una reserva de oxígeno para ocho horas, además de vídeo, cadena de música, simuladores sensoriales y demás comodidades, todo ello bajo un contrato de arrendamiento vitalicio cuyas cuotas aseguraban que la reserva de oxígeno y la apertura de los cierres herméticos permanecían en buen estado de funcionamiento. La madre de Howard, Clarice Fox, era Técnica de Higiene y Tratamiento Medioambiental. Se encargaba principalmente de la limpieza y fregado de las oficinas de la Wexter & Fallon, una fábrica de juguetes tradicionales (las muñecas todavía no tenían flujo menstrual tóxico y los ositos-guerrillero no disparaban con munición real).

La educación de Howard fue, consecuentemente, bastante completa. Su padre era experto en Confinamiento Controlado y sistemas de seguridad, así como en manejo de maquinaria industrial. Su madre, por otro lado, conocía al dedillo la síntesis y manipulación de sustancias altamente corrosivas y su juego de muñeca era la envidia de sus compañeros de profesión (cuatrocientos plumerazos por minuto sin perder el ritmo). De esta época ya se conoce el gusto que desarrolló Howard por el desatascador, con el que su madre era capaz de limpiar las tuberías del sótano desde un lavabo en la azotea, mediante mera contracción pulsante de los músculos del antebrazo.

Howard perdió a sus padres en el posteriormente famoso Embotellamiento de Octubre en el año 1.995, un día en que los reporteros radiofónicos se mostraron particularmente chistosos y hubo más de diez mil víctimas por agresión homicida. Se supo que hubo cuarenta víctimas a las que les desatascaron los intestinos a través de su orificio inferior y Howard no pudo reprimir una oleada de orgullo por su madre.

Por aquel entonces Howard ya se había graduado en la Escuela de Oficios Memorial Wachman, Los Hombres de Hoy en las Profesiones del Mañana, con el título de Técnico en Instalaciones Sanitarias y Tratamiento de Aguas Residuales. Tras dos años de aprendizaje bajo la tutela de un Maestro Calefactor, decidió fundar junto con dos amigos una empresa dedicada a la instalación y mantenimiento de calderas, aparatos sanitarios y tuberías bajo el nombre de DUCT Ltd., La Higiene de Hoy Con las Tuberías del Mañana.

Este fue un periodo feliz a la par que breve. A los seis meses de la creación de DUCT Ltd. se firmó el Acta Kellermann mediante la cual las compañías fabricantes debían ofrecer un servicio de instalación y mantenimiento propio que las responsabilizase completamente frente al usuario final (para evitar, entre otras cosas, los atentados con misiles Macket-Sherman que sufría el Ministerio de Infraestructuras y Vivienda cada dos o tres días por parte de la AUFI - Asociación de Usuarios Finales Indignados). Esto llevó a la quiebra a la mayoría de los pequeños talleres, que tenían que recurrir a la clandestinidad para seguir operando (en una sociedad en la que la Clandestinidad Económica era perseguida por el Ministerio de Hacienda con denodado tesón y artillería portátil).

Howard decidió probar suerte en el sector público mediante un concurso oposición para cinco plazas de Supervisor de Alcantarillado, un puesto dependiente del Ministerio de Defensa que requería dos años de entrenamiento en el Cuerpo de MADETS (MArines DEsinfectantes Todoterreno).

Diez mil aspirantes acudieron al entrenamiento.

Veinte lograron sobrevivir, siete de ellos sin mutilaciones graves.

Cuatro conservaron incluso parte de su cordura.

De estos cuatro, Howard fue el único en durar algo más de dos semanas en las alcantarillas de Megápolis.

La ciudad de abajo.

Un trabajo duro.



[1] Entre las ratas existe la leyenda de que hay un santuario donde un roedor de corazón puro puede encontrar un alimento ancestral y de innumerables virtudes llamado Queso. Nadie sabe con exactitud qué aspecto tiene el Queso, cual es su textura o consistencia, pero esa suele ser la naturaleza de las religiones.

Copyright © 2005-08, Germán Ponte Mateo.